Esta mañana estaba con un colaborador en una reunión, hablando sobre un proceso productivo que no se ha seguido correctamente. Mi tono no se elevó pero a él, que es un hombre perfeccionista, se le saltaron las lágrimas. Lágrimas de rabia.
Con respeto llevé la conversación a un lugar de empatía para que él pudiera contarme qué le daba tanta rabia y desde ahí planeamos qué medidas adoptar para que el proceso no volviera a fallar. Cuando, al final de la conversación, con normalidad mencioné que todos sentimos rabia, él levantó la ceja. No le gustó que yo pusiera nombre a la emoción. ¿Qué tienen las emociones que parece que no encajan en el mundo empresarial?
También en la resolución de conflictos en las empresas familiares de fondo hay mucha emoción que contener y guiar, pero rara vez le pongo nombre en sesiones conjuntas de mediación para no hacer sentir incómodo a unos u otros. Aunque en las sesiones individuales la gestión emocional es fundamental para cambiar la perspectiva y buscar una solución que satisfaga a todos. No solo a uno mismo sino también a los demás.
Para gestionar proyectos, personas, departamentos es necesario gestionar emociones. Emociones como la frustración, la ira, la tristeza o la ansiedad. Bien gestionadas las emociones son una fuente de motivación, de energía, de compensación y de equilibrio. Mal gestionadas las emociones son fuente de desmotivación y conflictos.
¿Y cómo se aprende a ayudar a los demás a gestionar las emociones en la empresa? Solo conozco una forma: aprendiendo a gestionar las propias emociones.
El control emocional da mucho poder – como ayer me decía un cliente -. Y él mismo añadía “Poder para seguir conversando y negociando aunque no me guste lo que escucho”.