Abandonar la empresa familiar

Hay decisiones difíciles de tomar. Abandonar la empresa familiar es una de ellas.

Fíjate que digo abandonar y no dejar, o salir, o cambiar de trabajo, o vender las acciones.

En la familia con frecuencia cuando un socio familiar decide vender sus acciones, o un trabajador familiar decide cambiar de empresa, la decisión se vive como un abandono. “Abandonas el barco” “Nos dejas tirados” “Nos dejas en la estacada” “Cómo puedes si quiera plantearlo” “Qué vas a hacer fuera de la empresa familiar” “Las cosas nunca van a ser igual entre nosotros” “Nos has traicionado”

La empresa familiar se vive como una extensión de la familia. De hecho, la relación familiar entre los familiares que comparten trabajo y acciones es más estrecha, en lo bueno y en lo malo. Influye también la vivencia de la empresa como legado a partir de la segunda generación que supone una herencia, una responsabilidad y un compromiso compartido.

Son muchos los motivos por los que un familiar se puede marchar de la empresa: porque no se siente reconocido, porque no se siente informado, porque quiere emprender a su modo, porque le pesa tanto el legado que le ahoga, porque las relaciones familiares empeoran, porque no cree que sus hijos quieran continuar, porque no cree en el plan estratégico, porque no se siente bien pagado, porque…

En mi experiencia no se puede poner puertas al campo. Al contrario, hay que abrir las puertas y esforzarse por comprender qué es lo que a tu hermana, cuñado o prima le ha llevado a tomar esa decisión. Porque vuestra relación familiar está en juego y porque merece la pena afrontar la cuestión desde un punto de vista empresarial. Y porque mucho mejor alcanzar un acuerdo que vele por los intereses de todos que abocar a un familiar a consultar a un abogado o, lo que es peor, a demandarse en los tribunales.

Ayer me llamó una mujer valiente, catalana, que quiere marcharse del grupo familiar, y le gustaría acordarlo con su familia para que ella cobre lo que le corresponde y para que no se perjudique la relación familiar. Ya había consultado con un abogado las opciones que tenía y no se veía enviando un burofax a su familia.

Existe un camino anterior, extenso y lleno de posibilidades por recorrer – le comenté-. Entre las dos diseñaremos una estrategia que sea beneficiosa para todos y prepararemos la conversación, cómo lo planteará, con quien primero, con quien después. Más adelante ella ejecutará la estrategia e iremos modificando lo que sea necesario, manejando las emociones para que no jueguen una mala pasada. Ella dará la cara con su familia y yo estaré en la retaguardia. Porque cuando estás dentro del bosque las ramas no te dejan ver el camino.

Por eso es tan útil que un profesional te guíe, porque yo veo el bosque desde lejos y, en medio de la maleza, vislumbro un camino. Un camino estrecho, con polvo y algunas piedras, pero camino a fin de cuentas.

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